“Los modelos que justifican el TTIP son los mismos que no predijeron la crisis de 2008”

“Los modelos que justifican el TTIP son los mismos que no predijeron la crisis de 2008”

Por Pau Collantes, 6-12-16

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Todo es un caos y en apenas un suspiro, el Reino Unido ha votado largarse de la UE, un acuerdo comercial con Canadá ha estado a punto de descarrilar por el bloqueo solitario de una región belga y ha ganado la carrera a la Casa Blanca Donald Trump, un magnate poco amigo de los acuerdos de libre comercio cuyo programa es una incógnita. Mientras esto sucedía, Ekaitz Cancela (Barakaldo, Vizcaya, 1993) presentaba en España El TTIP y sus efectos colaterales (Temas de Hoy, una vivisección del tratado de libre comercio e inversión entre Europa y Estados Unidos, actualmente en discusión.

El producto de Cancela resulta de un año pateándose Bruselas principalmente, pero no solo; un manual hipercrítico con el TTIP y con la estrategia de la UE; una obra concisa empapada de estilo periodístico que nos permite saber de qué va la cosa escapando de los corsés, sin caer en la simplificación de los puestos de trabajo que trae el TTIP ni en la catarsis neoliberal que éste lleva aparejado. “Para privatizar y desregular, la UE se basta por sí sola”, suele repetir el autor.

Receloso del discurso antiglobalización –con el que muchas veces comparte diagnóstico e incluso va mucho más allá—, azote del lobbyng, detractor de importar el modelo social estadounidense, Ekaitz Cancela dice que no hay que enfocar la relación con China con el miedo advenedizo que nos suelen relatar. En la presentación de su obra en Casa del Libro de Madrid sobresalió una idea, la paulatina decadencia de la UE en el tablero mundial.

Trump ha dado por muerto el TPP, el acuerdo transpacífico. ¿También el TTIP?

Si no ha muerto, al menos sí los diálogos durante la Administración Obama. Entre los ideales de Donald Trump no está fortalecer el orden liberal de Occidente, como buscaban con poco acierto el TTIP y el TPP. La agenda de Trump promete ser dura y poco beligerante con la Unión Europea. El riesgo de que Europa sea irrelevante es real: somos muy dependientes de EEUU y tenemos que buscar nuestra identidad en un momento en el que China se abre al mundo y nuestro tradicional garante se cierra.

¿Pero peligra el TTIP o no?

Ni siquiera la Comisión sabe qué posición ocupa la UE en la cabeza del magnate. Pero es difícil que mantenga lo negociado ya que Trump no pretende usar los acuerdos de comercio para fijar reglas globales, o para complementar la alianza militar. Incluso ha cuestionado la OTAN. Como ha señalado Rem Korteweg, es más probable que Trump prefiera iniciar negociaciones bilaterales con países con los que Estados Unidos tiene superávit comercial de bienes (Australia, India, Nueva Zelanda...).

En el libro hay una crítica total al tratado entre Europa y EEUU, pero usted marca distancias con los movimientos antiglobalización. ¿Por qué?

Las críticas al TTIP son fundamentales. Estos colectivos han llevado a cabo una serie de investigaciones increíbles. Pero no creo que nos podamos oponer a la globalización o al capitalismo, o al menos a cambiarlos totalmente: aspiramos a cambios parciales. A lo que hay que aspirar es a lograr un cambio de mandato en las negociaciones, impulsar una estrategia comercial distinta que beneficie de verdad a 800 millones de consumidores.

¿Cuál es su crítica hacia estos movimientos?

Yo creo que hay una tradición enorme de oponerse a la globalización y decir que su plasmación es el TTIP. Creo que no vale eso, aunque comparta análisis. No creo que el TTIP sea el último ataque del neoliberalismo, la última vuelta de tuerca del capitalismo. Todo es mucho más complejo y sobrepasa al TTIP. ¿Quién se beneficia de esta crítica? La ultraderecha.

Pero el libro abunda en ataques a las multinacionales y al poder de los lobbies: tabacaleras, automovilísticas, petroleras, banca…

Sería cínico negar que las fuerzas industriales y tecnológicas influyen, y para mal, en la manera de construir las sociedades. Hacen su política. Lo que digo es muy distinto: que los poderes públicos asuman el control y sean capaces de construir el progreso. Que no lo dejen en manos de las multinacionales. Yo no estoy en contra de los beneficios de las multinacionales, pero las multinacionales no tienen en cuenta los problemas políticos, económicos y sociales que afloran. Y están surgiendo monstruos. Es evidente.

La UE, o al menos la cartera de Competencia de la Comisión Europea, parece que se está poniendo las pilas con meter en vereda a las grandes firmas multinacionales, al imponerlas fuertes multas.

El dogma heredado de la Ilustración de que lo que es bueno para las empresas es bueno para todos está muy extendido. Hay una serie de poderes comunitarios como Competencia o Mercado Interior que no funcionaban, y eso lo refleja muy bien la actitud de la comisaria de Competencia, Margrethe Vestager. Charlé con ella para el libro. Vestager es una comisaria honorable. La evasión fiscal de las tecnológicas como Apple o Facebook, sin olvidar por supuesto las Starbucks y similares, es nefasta. Y es que ese es el papel de Competencia, ponerles coto. Pero en otra serie de áreas las empresas tecnológicas estadounidenses tienen vía libre para dominar a sus homólogas europeas, que no están formadas en un mercado único. Está muy bien que Vestager se ponga dura contra ellas, pero de nada sirve sin una estrategia comunitaria.

Dijo en la presentación del libro que hay que aspirar a cambiar el mandato negociador y no acabar con el TTIP. ¿Por qué?

La tradición comercial que se guía por defectos de antaño, por abrir mercados que crean desajustes y desigualdades, es un error. Hay que cambiar esas dinámicas, a que por primera vez el comercio sirva para identificar a los perdedores de la globalización. Que no sirva para estrechar la capacidad de los Estados. Que la opinión pública no crea que la globalización no pertenece a la gobernanza democrática. Eso implica repensar la cooperación reguladora, tan compleja que la Comisión Europea no sabe cómo afrontarla; quitar los tribunales de arbitraje, que reducen el espacio político; e imponer cláusulas reales que excluyan los servicios públicos de la negociación.

¿No están los servicios públicos excluidos?

No. Por cuatro motivos. Uno son las listas negativas, presentes en el CETA, que dicen qué servicios no se tocan pero dejan los demás abiertos. Segundo, la exclusión de los servicios públicos permite un enfoque muy reducido: un país excluye esto o aquello, pero no puede ampliar el alcance futuro de los demás servicios. Tercero, las cláusulas ratchet, presentes en el CETA y debatiéndose en el TTIP, cuya intención confesa es impedir la marcha atrás a la liberalización, la renacionalización por ejemplo; y por último, los tribunales de arbitraje [ISDS o ICS, en inglés]: siguen permitiendo a las grandes empresas demandar a un Estado si hay conflicto con los servicios públicos.

¿Hay que erradicar totalmente los tribunales de arbitraje?

Se puede establecer un arbitraje internacional distinto. Lo planteo en las conclusiones del libro. Pero tal y como se llevan a cabo hoy día con una corte no independiente y sin derecho de apelación, formada por árbitros o jueces con intereses privados, deben ser eliminados. Expertos a los que cito como Alfred de Zayas o Gus Van Harten proponen un sistema de arbitraje más justo.

Los socialistas europeos y españoles en la Eurocámara aseguran que el TTIP mantendrá los estándares sociales.

Es muy sencillo decir esto porque ningún necio pondría en el tratado que se podrá desregular o privatizar lo público. Hay más sutileza. Se establecen cláusulas que desarbolan la política actual. La dinámica del TTIP pone un techo a las regulaciones actuales y pierde la ambición con toda política social o medioambiental autónoma.

Se dice que los estándares en EEUU son más bajos que en la UE.

Las multinacionales estadounidenses tienen un plan para mantener la competitividad, y una serie de ideas en cuanto a comercio e inversión incompatibles con los estándares europeos. Estándares que en el futuro serán vistos como barreras al comercio y la inversión: ¡esto lo dijo Obama sobre la regulación de los químicos! Las legislaciones europeas y estadounidenses chocan. Y ojo, no solo hablo de regulaciones: lucha contra el terrorismo, política de exteriores, conferencias climáticas…

¿Qué es la cooperación reguladora?

Es un mecanismo que permitirá a los accionistas, es decir, a las firmas con más recursos, presionar a organismos legislativos europeos al nivel más bajo de la toma de decisiones. Por ejemplo: antes de que se debata en el Parlamento Europeo y antes de que las direcciones generales de la Comisión Europea intervengan. Establece, y lo dice literal el texto, “tan pronto como sea posible” un diálogo para que las grandes empresas ejerzan presión, alcen informes basados en el coste-beneficio…

¿Pero qué será? ¿Una especie de consejo?

No se ha definido aún. Sí, puede ser una especie de consejo que añada más burocracia. Pero aún no está cerrado.

¿Y qué TTIP es posible? ¿Un TTIP basado en acuerdos técnicos?

Yo no tengo ningún problema con los acuerdos técnicos. Pero hay un debate clave que no tenemos: ¿es el TTIP una herramienta para marcar las reglas? ¿Es el TTIP un fin en sí mismo para la gobernanza global? Yo no lo creo. Entonces es el enfoque del tratado el que es erróneo. No podemos utilizar el comercio para cuestiones internas de la UE porque estaremos jugando con fuego.

¿Las multinacionales estadounidenses salen mejor paradas?

Según en qué sectores. Lo decía muy bien Helmut Schmidt en su biografía Fuera de servicio: si tratamos de unir el NAFTA y el mercado único europeo que lleva forjándose 50 años, lo que conseguiremos es que en unas décadas EEUU controle Europa. La anarquía geopolítica estadounidense beneficia a sus empresas. Vale, quizás haya sectores europeos que salgan ganando. Quizás los coches. Quizás los químicos que, casualidad, son alemanes. Y Alemania tiene una gran base exportadora y es acreedor de la Eurozona. Pero no beneficiará a las pymes europeas ni a muchos otros sectores.

No se sabe muy bien cómo quedarán los derechos laborales.

Hay expertos que aquí responderían mejor que yo, como la profesora Adoración Guamán. En el libro no he querido sumergirme en este tema. Pero sí: es muy fácil que las dinámicas del tratado menosprecien los derechos del trabajo. Y ni siquiera hace falta un TTIP para esto, los países ya se valen por sí solos.

La creación de empleo es uno de los grandes argumentos de los defensores. El think-tank de la CEOE habla de casi 85.000 puestos al año en España.

Los argumentos del Gobierno de España están basados en oráculos. El primer problema es que los modelos económicos que hablan de generar puestos de trabajo están muy ideologizados. El que los encarga consigue lo que quiere. Y no miden el impacto social. El segundo gran problema es que los modelos que justifican el TTIP son los mismos que no predijeron la crisis de 2008. La política comercial puede ser una herramienta para el empleo. Puede que haya una subida del PIB. Pero es que hablamos del 0,5%. ¿Vamos a firmar un tratado que promete un 0,5% de incremento del PIB continental, con los riesgos que ello implica?

Otra baza de los defensores es el peligro de China.

Lo que ha utilizado EEUU al fin y al cabo con los tratados es un dogma heredado de la teoría de las relaciones públicas de neoconservadores como Robert Kagan o Joseph S. Nye. Ocurre que con Irak vimos cómo tratar de imponer por la fuerza el concepto de libertad generó desajustes. Lo que vemos con el TPP y con el TTIP es un intento de la primera potencia mundial de mantener su equilibrio y su orden. ¿Cómo? Creando una serie de organismos comunes que acepten el orden liberal para convertir China en una potencia secundaria. Pero China es una gran potencia y puede hacer lo mismo. Tiene capacidad económica para imponer su criterio. Así que lo que vamos a ver si continuamos así es a EEUU haciendo uso de sus reservas de poder. Y cuando una potencia secundaria desafía a la potencia económica, acercamos la posibilidad de un enfrentamiento bélico.

Se le ve muy crítico con EEUU.

Yo no tengo ningún problema con EEUU. Solo que a un lado y a otro tenemos ideas de sociedades distintas y yo quiero preservar la de la Unión Europea. Estamos inmersos en una crisis del orden liberal y la única respuesta es hacer cesiones. ¿En qué cedemos por primera vez? En nuestra capacidad de influir, adoptando una posición secundaria. Y la UE tiene que aspirar a influir.

En la firma del CETA ningún país europeo presentó objeciones. Solo una región belga.

Creo que todos los Estados miembros están a favor del TTIP. Francia no se opuso al CETA porque es Canadá, no EEUU. Ni Grecia. Ni España, que tiene un perfil extremadamente bajo y lo prueba el hecho de que haya nombrado a Alfonso Dastis en Exteriores, un diplomático. De acuerdo, el CETA forma parte de esos acuerdos de nueva generación cuyos riesgos se desconocen, pero el que cuestiona nuestra hegemonía es EEUU.

source: Rebelión